UN SECRETO DOLOROSO DE RECORDAR…

Por el General THIEBAULT. Memorias del General Barón Thiébault Volumen 5 páginas 370-374

L'Empereur Napoléon 1er Général Baron THIEBAULT

“Un secreto doloroso de recordar, imposible de omitir y perteneciente al último período de los Cien Días encuentra aquí su lugar. El hecho de que yo sepa esto se debe a mi íntegra y antigua amistad con Cadet-Gassicourt. Este secreto lo guardé religiosamente, y si hoy dejo de considerarlo un secreto es porque Napoleón y Gassicourt, los dos únicos hombres que tenían un interés personal, desaparecieron hace mucho tiempo, y pasa a formar parte del ámbito de la historia. Todos los que conocieron a Gassicourt saben que reunía en una figura, que era al mismo tiempo linda, graciosa y mucho más noble que la de su verdadero padre, al cual se parecía extremadamente, un tono y unas formas perfectas; él tenía un espíritu infinito y muchos conocimientos, aunque no era menos destacable su simpatía, su carácter energético y sus sentimientos elevados. Conté cómo lo casé y las tristes causas que determinaron la separación de su esposa; pero a consecuencia de esta ruptura que implicó el sacrificio de una renta de treinta mil libras, decidió encontrar el equivalente en el producto de una farmacia que creó de hecho con el nombre de Cadet, nombre farmacéutico teniendo en cuenta que, por su fortuna, su reputación y su calidad de miembro de la Academia de las Ciencias, el marido de su madre consiguió realmente ser primus inter pares.


Está seguro de que para una farmacia, el nombre de Cadet era ya una garantía de éxito; las superioridades de Gassicourt hicieron el resto y el resultado justifica sus esperanzas. Él no se limita sólo a los productos farmacéuticos. El Emperador tenía un farmacéutico que asociar a su persona; Gassicourt fue el elegido y, para serlo, no necesitó que el Emperador se entretuviera en darse como servidor a uno de los hijos de Luis XV, uno de los tíos naturales de Luis XVIII. Fuera como fuese, tuvo después un alojamiento en Tullerías y cada una de las residencias de Napoleón; participó con el cuartel imperial en la campaña de Wagram, sobre la cual publicó una especie de relación titulada: Viaje a Viena, y cuyo resultado fue que le condecoraron y le nombraron caballero del Imperio, lo que le convirtió en el primer farmacéutico con un título feudal. Finalmente, de regreso a la Isla de Elba, se da prisa en retomar su servicio junto a Napoleón, sumando cada vez más pruebas de una dedicación sin límite.

 

 

L'Empereur Napoléon 1er Charles Louis Cadet de Gassicourt

Tal era su posición cuando, a principios de junio, fue llamado al gabinete de Napoleón. Una vez allí, después de algunas palabras sobre la gravedad de las circunstancias y las posibilidades de un revés al que no podrían sobrevivir o de un cautiverio que no podrían aguantar, recibió, bajo la imposición del más absoluto secreto, la orden de preparar personalmente una dosis de veneno infalible. Debía hacerla lo menos voluminosa posible y, para que pudiera esconderse perfectamente y llevarse siempre a mano, debía colocarla en un colgante que no pudiera abrirlo nadie más que él, que sería el único que sabría cómo abrirlo.

Asombrado, Gassicourt imploró a Napoleón que le permitiera decir algunas palabras; estas palabras fueron articuladas con todas las pruebas; todas las señales de una violenta emoción; fueron escuchadas con bondad, pero no surtieron efecto. La orden se mantuvo y se ejecutó. Poco antes de su partida a Waterloo, Gassicourt entregó en mano el colgante que contenía la formidable píldora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

L'Empereur Napoléon 1er Tombeau de l'Empereur NAPOLEON 1er à Sainte-Hélène

Ahora bien, la noche del 21 al 22 de junio, en el Elíseo, recibe una nueva orden a toda prisa. Acude. Napoleón había ingerido el veneno, pero nuevos pensamientos cambian su determinación y le pide que impida la acción. Aunque aterrado, con el cabello desgreñado y un sudor frío que lo embargó, Gassicourt hizo todo lo que pudo, todo lo que un hombre puede hacer; inmediatamente le provocó los vómitos utilizando abundantes bebidas, esperando poder evitar la asimilación del veneno. Al contarme estos hechos, tres años después de que Napoleón estuviera en Santa Helena, todavía no podía evitar el terror que este envenenamiento le causó cuando hablaba del sufrimiento de Napoleón, se estremecía con la idea de que aquello no diera resultado. Cuando Napoleón murió y se supo que esta muerte había sido a causa de una lesión en el estómago, me repitió muchas veces: “Algunas partes del veneno no pudieron extraerse; por tanto, más tarde o más temprano, la muerte era inevitable. Y aquí está la causa de este fin tan doloroso y tan prematuro y la última prueba posible de las torturas atroces que fueron el colmo de la Cámara de los Cien Días, como si tuviera por misión asesinar a Napoleón y a Francia”